19 may. 2011

La invasión (cuento del libro Sentido Raro ilustrado por Viktor Sack)


Primera invasión

Debajo de la torre Eiffel una mujer bajita, de piel trigueña, grita: “¡Humitas! ¡Tamales calientitos!”. Junto a la cristalina pirámide del Louvre una gorda con un pañuelo a lunares rojos atado en la cabeza vende bolsitas grises, de papel, rellenas de chipás que poco a poco humedecen la bolsa. A un lado del Arco del Triunfo, una viejita zarandea la espumadera sobre el sartén, para que la grasa chorree, abandonando la torta frita. Dos japoneses le sacan fotos. Frente a la catedral de Notre Dame un señor en camiseta, shorcito a cuadros y chinelas, sentado en una reposera plegable, toma mate, concentrado en un vitreaux.

Segunda invasión

Dos mujeres jóvenes, una con un pañuelo Hermès en el cuello, ingresan a una panadería a dos cuadras del Obelisco y piden croissants. La vendedora las queda mirando como si nada. Detrás de las jóvenes entra un muchacho fumando una pipa y con un diario bajo el brazo. “Une baguette”, indica. La señora detrás del mostrador continúa sin entender. Finalmente, una mujer delgadísima, vestida con polera, falda y boina negras pide des gâteaux. La panadera no se anima a preguntar nada. Sólo mueve los ojos mientras el peso de la puerta hace que se cierre sola. Los cuatro clientes se alinean perfectamente, sin decir nada, ante el mostrador. La mujer cierra los ojos en un parpadeo que dura una eternidad. Tiene el presentimiento de que al abrirlos no estará más en su panadería.

Tercera invasión

En el fondo sabés que la persona que viene caminando unos pasos más atrás, vestido con unos pantalones Oxford, una camisa que tiene una explosión de colores que sale del pecho y unos anteojos que le cubren el treinta por ciento del rostro, te va a atacar antes de que llegues a la esquina. Estás convencida de que el travesti con sobrepeso que pasea a su caniche, guiándolo a través de una correa rosada, va a dispararte con el arma que lleva escondida en alguna parte. Caminás más rápido, intentando perderlos de vista. No hay ningún auto en la calle y son las once de la mañana. Pasás junto a una pareja de ancianos con equipos deportivos idénticos, de tela de avión, y oís cómo la vieja dice: “Yo estudié con la Condesa de Chicof, así que puedo decirte que sos una poronga”. Sólo te faltan unos pasos para llegar a tu casa. Lo lográs. Decidís tomar un baño para sacarte los nervios de encima. Te tirás, agotada, en el sillón junto al ventanal, con una novela de Jacqueline Susann. Oís un ruido en la ventana y sabés que no es ni una rama, ni un pájaro.

Cuarta invasión

El doctor me dijo que lo que tiene mi mujer es Mal de Capgras, un trastorno mental por el cual ella cree que no soy su marido, que soy un impostor idéntico remplazando a su esposo. Con mis tres hijos no pasa eso. Los sigue reconociendo sin ninguna complicación. ¿Por qué sólo le pasa conmigo, entonces? ¿Tendrá que ver con la cantidad de horas que paso en la oficina o con las semanas que se acumulan separando nuestros encuentros sexuales? Quizás sólo tenga que ver con que no soy su esposo.

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