16 feb. 2011

Mal hablado (cuento del libro Soy tu monstruo ilustrado por Frank Hilzerman)




















“Instruye al niño en su camino, y aún

cuando fuere viejo no se apartará de él.”

Proverbios 22: 6

La familia González toda (entiéndase el bebé Pablito, sus padres y sus abuelos) festejaba con las emociones propias a la fecha que los nucleaba.

En una ausencia fónica de los mayores el pequeño Pablito profirió el siguiente lexema: “Jai”.

El resto del núcleo familiar atendió prestamente a tan inusual sonido, por ser el primero emitido con cierto énfasis y sentido por el infante, el cual repitió “Jai” algunas ocasiones más, antes de recibir su biberón lácteo.

Como se estila en estos casos los integrantes de la familia intentaron proseguir con el adoctrinamiento lingüístico (resignificado por el hecho de que el niño era primer hijo y primer nieto), el cual básicamente consiste en el refuerzo egocéntrico del instructor, quien enseña al alumno algún apelativo que lo represente adecuadamente.

Sin embargo el espasmo total llegó tres semanas después, cuando el pequeño Pablo se despachó en una sobremesa con un sonoro: “Hello!”.

Tras el estridente sonido de la vajilla y el enrojecimiento facial que la repetición del saludo anglosajón convirtió en risas cálidas, comenzaron con la indagación de quién le había enseñado al bebé el término emitido, y, ante la negativa general, se adjudicó el fenómeno a la institutriz televisiva.

Los lingüistas y fonoaudiólogos comenzaron a llegar al hogar cuando, sin la intervención familiar, Pablito comenzó a repetir palabras como “daddy”, “granma” o “dog” (esta última en alusión a su mascota).

Pronto el infante comenzó a formular sentencias, dejando de lado los fonemas sueltos, y por más que los González y el equipo de profesionales impartieran la repetición y enseñanza constante de la lengua vernácula, el niño no dejaba de avanzar en sus nominalizaciones inglesas.

Después de dos años y ocho meses de esfuerzos infructuosos la familia desistió de su método y en pos de la canónica unidad se inscribieron en un curso avanzado de una British School.

Así Pablito, sus padres y sus abuelos, avanzaban en su entendimiento anglosajón, en su mutuo descubrimiento lingüístico inglés en pleno barrio de Palermo, a tres cuadras del Jardín Botánico (dicho sea de paso tan inusual comportamiento conversacional por parte de los González despertaba las más variadas opiniones en sus allegados y vecinos, la mayoría malintencionadas).

Un buen día, uno de los ya fracasados profesionales que había emprendido el asesoramiento familiar les insinuó que el problema del niño no era más que una manera de llamar la atención, y que, tras arduos estudios psicológicos, había llegado a la conclusión de que la anomalía finalizaría con la llegada de un hermano/a para Pablo.

Ante la sugerencia los padres se miraron asombrados y ya que de todos modos estaba en sus planes agrandar la familia se abocaron a la empresa, convencidos de que no se perdía nada.

Nadine llegó nueve meses y siete días después.

Pablito no cambió en lo más mínimo sus expresiones.

“My sister!!” dijo cuando visitó a su madre en el hospital y vio a su hermana en los cuidadosos brazos. Se detuvo estático junto al níveo lecho y como desde un sueño sentenció: “She´s so beautiful”; a lo que el resto de la familia asintió mientras la obstetra codeaba a la enfermera, y esta rumiaba: “¿Lo qué?”.

Nadine creció hasta convertirse en una preciosa beba. La familia González era plena y feliz y ya se había acostumbrado al bilingüismo, por lo cual esperaban impacientes los primeros balbuceos de la niña para dilucidar cuál de los idiomas adoptaría.

Todos se cayeron de culo cuando Nadine, aventajando evidentemente a su hermano, dijo con claridad, en medio de un silencio de la misa dominical, lo que todos los entendidos presentes interpretaron como un cristalino “Bon jour”.

2 comentarios:

preta dijo...

Hola!

me encanta lo que escribis. Estuve en paraná, leyendo y creo que estabas vos.

un saludo!

Ferny Kosiak dijo...

Gracias!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!