Soy enfermera en el sector de Neonatología del Hospital de San Petesburgo. Soy de las enfermeras que aún usamos cofia. Hoy es 6 de junio de 2006. O sea 6 del 6 del 6. O sea 666. O sea el número de la bestia. O sea el Diablo, Satanás, Lucifer. Dicen que hoy nacerá el Anticristo. No creo en eso. Por las dudas estaré alerta en mi trabajo y me encargaré de asfixiar a todo recién nacido.
10 jun 2010
se me rayó el teflón
ya no me resbala nada...
8 jun 2010
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Cuando llega el apagón, cuando las luces del centro de la ciudad se cortan de noche, las esposas saben que no pueden dejar salir a sus hombres porque las mujeres sueltas violan a lo primero que se les cruce. Los solteros y desesperados caminan por las veredas, con las manos en los bolsillos, tentando a la buena suerte. Los niños espían entre las cortinas sin entender por qué las abuelas gritan obscenidades como las que se alcanzan a oír desde el callejón de unos metros más abajo. Hay quien dice que los apagones son provocados y están los que sostienen que hacen bien a la sociedad. Cuando las luces se desvanecen y lo único que brilla en las calles son los faros de los automóviles, las mujeres desatan tormentas de rimel y rouge, de fragancias importadas y portaligas enredados. Cada parada de colectivo es un abrazo, cada puesto de diarios un gemido, cada vereda un fluir de palabras pornográficas que invitan a los hombres a lanzarse de los balcones a los escotes de las señoritas que los esperan, con las piernas abiertas.
—…Y ahí la vi a la vieja de mierda esa, que me había hecho la vida imposible cuando trabajaba en el colegio. Seguía teniendo la misma joroba y aún caminaba como una tortuga…
El otro pregunta:
—¿Cómo se llama?
—Hmm… Tania. Pero no me acuerdo el apellido. Creo que era judío.
Entonces, desde el rincón oscuro, alguien grita:
—¡Hay que matarla y convertirla en jabones!
Los amigos se miran con rostros sorprendidos.
Ninguno alcanza a distinguir a Olga, la araña nazi, agazapada en la oscuridad.
“La caída del Imperio Británico fue el fin de los mayordomos.” Alberto Laiseca
La señora Olivetti se enfureció después de haber comprado sus camisas y camisolas de seda de Gucci, Versace y Cavalli. La lluvia y el frío no le permitían lucirlas. Arrojó las bolsas en un rincón del vestidor. Se puso una polera (puteó porque le tapaba los Swarovski y se los sacó) y se abrigó con el tapado de chinchillas. Los tacones repiquetearon en el mármol del porche y mientras bajaba las escaleras (resguardada por el paraguas de su mayordomo) resbaló. ¡Mierd…!, dijo y fue lo último y el apagón. No llegó a tomar el té.
Todos sabían que sería puto desde antes que el niño lanzase su primer llanto. Hasta la obstetra y las enfermeras se asombraron. El bebé nació con un apéndice óseo que crecía en cada uno de sus talones. Cada prolongación medía cinco centímetros, como si se tratase de pequeños tacos altos. Radiografías y estudios sólo develaron la imposibilidad quirúrgica.
Tardó hasta los tres años en aprender a caminar, pero una vez que dio sus primeros pasos nadie igualaba su cadencia meneosa. Desde el ingreso a la escuela hasta la finalización del colegio usó zapatos ortopédicos con el correspondiente agujero en el talón, donde injertaba los tacones de hueso, que crecían con el mismo ritmo que el cuerpo.
El problema eran las sábanas.
Nunca se destacó en el rendimiento escolar. No fue distinguido. Era más bueno que el coach de Lassie. Una vez que tuvo el título de bachiller en sus manos mandó a todos a la mierda y se fue a la capital. Allí hacía resonar los tacones en toda calle y acera. Pronto llegó la fama y el estrellato. Se disputaban su presencia desde los altos diseñadores de accesorios hasta los congresos de traumatología.
Supo manejar bastante bien su vida pública aunque la privada fuese un sin sentido. “Idealizo con tanta facilidad”, solía repetir a sus allegados.
La noche era su aliada. Las grandes discotecas, su guarida. Y aunque fuese el centro de la vorágine no olvidó los años de zapatos ortopédicos.
posan ante el fotógrafo que las retrata e inventan una sonrisa tan falsa como sus vidas
nadie muestra a Pocahontas viviendo en Londres destacando entre la multitud rubia respirando como puede a través del corsé y jugando al bridge con las señoras a la tarde
intenta mantener la cordura y no demostrar que es un museo ambulante
nadie habla de la traición que por celos cometió Megara contra Hércules al alcanzarle la túnica nueva impregnada con la sangre del monstruo
Bella ya no puede sentarse correctamente permanece de pie en el fondo de la fotografía los moretones casi no se ven a través del maquillaje son las marcas del amor que le deja la bestia de su esposo
una asistente del fotógrafo retoca el maquillaje de Alicia mientras ella fuma
escribe con dedos ligeros un mensaje en su i-phone extraña el lsd que le permitía viajar al más allá aunque a veces ve al conejo blanco en sus pesadillas
ya rompió ocho espejos intentando atravesarlos y hay que cubrir las cicatrices con una doble capa de Maybelline
dos pasos más allá de donde está parada Cenicienta fuera del foco de la cámara pero cerca de la rubia princesa están parados dos agentes de policía que la protegen a sol y a sombra tras los frustrados intentos de homicidio por parte de sus hermanas
la Bella Durmiente bosteza a un lado
la Sirenita que ya no lo es más después de renunciar a sus aletas por amor lleva una pecera redonda contra su pecho y habla sin parar con el cangrejo que se arrastra entre las piedritas de colores y las plantas de plástico
en el centro de la fotografía está Blancanieves ninguno de los seis enanos la acompaña
(son seis desde la muerte de Tontín atropellado por un conductor ebrio)
dos ruiseñores le acomodan el cabello y le arrancan una cana del flequillo
Jazmín está prisionera perdida en algún punto del desierto de Irak dicen que es amante de Bin Laden y que Aladdin tuvo que ver con las torres gemelas por eso no aparece en la foto
surgen nuevas sonrisas almidonadas el flash las ciega por instantes
después de la luz relajan sus kilos de más aguantados en los vestidos cuyas costuras están por reventar.